lunes, 7 de enero de 2013

ES EL SISTEMA, NO LOS ALUMNOS


  Un noventa por ciento de los bachilleres que presentaron solicitud para estudiar carreras técnicas profesionales cortas en el Community College reprobaron las Matemáticas y un setenta por ciento la Lengua Española, según acaba de hacer público la Ministra de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, Ligia Amada Melo, reconocida educadora de toda la vida.

Se trata de las dos asignaturas básicas, los pilares en que se asienta el proceso de enseñanza. Y son resultados escandalosos, más que simplemente preocupantes. Reveladores una vez más del bajísimo nivel de preparación que arrancando de la Básica se prolonga hasta el Bachillerato y hace que a las puertas de las universidades lleguen aspirantes a profesionalizarse que no reúnen los más mínimos conocimientos.

Pero peor aún: ahí no termina la historia. Lo paradójico de estos resultados es que la mayoría de esos bachilleres reprobados, al ser sometidos a evaluación de sus capacidades intelectuales han demostrado poseer un nivel suficiente de asimilación, comprensión y racionalización para por el contrario, evidenciar que están en condiciones de ser alumnos aprovechados.

La conclusión obvia que nos ofrece la doctora Melo es que la falla en realidad no está en esos alumnos de con un arsenal deficiente de conocimientos elementales pese a disponer de un potencial suficiente de aprendizaje sino en el sistema de enseñanza que recibieron en las aulas.

Es la misma conclusión que hace pública el rector del Instituto Comunitario Técnico Superior (que es el nombre oficial del llamado Community College), Víctor Hugo Deláncer al afirmar que quienes fracasaron en realidad en la prueba de ingreso de esos alumnos al reprobar las Matemáticas y la Lengua Española no fueron ellos sino los profesores que les impartieron clases porque fueron incapaces de enseñarles lo que, sin embargo, estaban en capacidad de aprender. Su paso por las aulas fue un trayecto inútil y un tiempo baldío.

Son opiniones coincidentes y rotundas de dos educadores de gran calificación y experiencia, con cargos de elevada responsabilidad en el sistema educativo nacional, conocedores a fondo y al dedillo de sus diversas debilidades pero sobre todo del bajísimo nivel de capacitación de una gran cantidad de maestros, inclusive titulados. Estos, a su vez, no son culpables de ello sino fruto de esas mismas debilidades del sistema. Enseñan o mal enseñan, lo mismo que les enseñaron a ellos.

Por años, desde mucho antes que se iniciara la exitosa campaña popular reclamando el cumplimiento de la ley que establece dedicar a la educación el cuatro por ciento del Producto Interno Bruto, hemos estado señalando que el principal y más importante eslabón en la cadena educativa lo forman los profesores. Malos maestros no pueden dar buenos alumnos. Era tan evidente que saltaba a la vista. Lo sigue siendo. Y es que la profesión del educador se ha desnaturalizado hasta tal punto que ha conducido a su "cualquerización" apelando a un término muy dominicano y popular.

Con la culminación de la campaña del cuatro por ciento con el compromiso primero de los candidatos a la Presidencia de poner la ley en ejecución y el cumplimiento de esa promesa por el Presidente Danilo Medina al consignarlo en el Presupuesto del presente año, esa realidad cobra mayor vigencia y urgencia.

Bien que se acometa un programa intensivo de construcción de aulas para que ningún niño dominicano quede al margen de la docencia. Bien igualmente, que sean dotadas del equipamiento necesario como elementos de apoyo a los profesores y de mayor facilidad de comprensión para los alumnos. También el propósito de construir una butaca dominicana escolar que reúna los requisitos por un sistema docente moderno y funcional.

Pero entiéndase bien que lograr una educación de calidad, de real y auténtica calidad será siempre labor del profesor. Y si no logramos elevar los estándares de conocimientos y capacidad de transmitirlos de nuestro magisterio, con maestros bien capacitados y bien retribuidos, esos mucho mayores recursos destinados a la educación corren el riesgo de resultar tan desperdiciados y sin retorno como el oneroso e insostenible subsidio eléctrico y sus resultados tan pobres como arar en el mar. Y los primeros que debieran reconocerlo son quienes están al frente de la ADP, que por cierto militan precisamente en el partido de gobierno, por el bien del país y de la propia clase que representan.

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