lunes, 21 de enero de 2013

MUJER Y FAMILIA

Oportuna, emotiva y necesaria la Carta Pastoral del Episcopado Dominicano resaltando la importancia de la familia y el respeto a la mujer. Ambos, son ahora mismo valores degradados cuya majestad es preciso rescatar.

Alrededor de la mitad de las parejas en el país corresponden a uniones consensuadas. No están unidos por el vínculo matrimonial, ni religioso ni tan siquiera civil. Se trata de algo más que un mero trámite religioso o legal. El matrimonio es la consagración de la relación de la pareja, el sello de confianza en el amor que los ha llevado a compartir su existencia. Es además, el marco ideal de realización del hombre y la mujer que unen sus vidas.

Ya el Papa Juan Pablo II destacó este hecho trascendental al postular que “el hombre por encima de toda actividad encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí más que en todo otro campo de la vida, se juega el destino del hombre”. Es un postulado igualmente válido para la mujer.

En el marco del matrimonio civil, reviste además una significación adicional de suma importancia en el plano legal, que evita posibles inconveniencias posteriores que se presentan cuando la relación es solo de mutua voluntad. Pero la familia es mucho más que eso. Desde el punto de vista institucional, constituye la piedra angular sobre la que se levanta el edificio social y le otorga estabilidad y solidez.

En cuanto a la mujer, la Pastoral nos recuerda que son “nuestras esposas, hijas, hermanas, madres, tías, primas, abuelas” y no les regatea elogios al agregar que “son trabajadoras, luchadoras, emprendedoras y comprometidas con los valores”, al tiempo de reclamar para ellas el respeto y consideración que merecen.

Si bien es cierto que la mujer dominicana ha dado un enorme salto en el reconocimiento de sus derechos y capacidades en las dos últimas décadas, todavía quedan enquistados en el cuerpo social bolsones de absurdo e irracional machismo que van desde considerar la mujer un simple objeto de placer y servidumbre, sometida a todo género de abusos, hasta apropiarse de su vida apelando al criminal recurso del feminicidio.

Las cifras estadísticas nos revelan con toda su crudeza el mucho trecho que todavía resta por andar para que la mujer reciba el respeto y el trato considerado que merece al tiempo de denotar el alto grado de irresponsabilidad de que todavía es víctima y el el trabajo a desarrollar que la institución familiar en crisis sea rescatada con la urgencia que requiere.

Dos millones de madres solteras en un país de menos de diez millones de habitantes nos dan una idea contundente de esa realidad. Medio millón, por otro lado, que son el único sostén del hogar revelan el grado de irresponsabilidad paternal y familiar de que son objeto. Una cantidad de feminicidios que figura entre las más elevadas de la región, el continente y el mundo, evidencia también hasta qué extremo criminal es llevada la exigencia de relación y dependencia de sus matadores. Y asimismo, un número cada vez mayor de jóvenes y adolescentes lanzados por el precipicio de la criminalidad cada vez también a edad más temprana, casi todos provenientes de hogares infuncionales o inexistentes.

Absorbidos por temas de la habitualidad que focalizan la atención mediática y el interés de la mayoría ciudadana, desde el aumento de los impuestos, los apagones, el costo de la vida hasta la interminable y cansona pugna interna del PRD, la rechazada petición de libertad condicional de Sobeida Félix, la amante del capo Figueroa Agosto o la querella contra Vakeró interpuesta por Marta Hidalgo dejamos de lado estas realidades.

No apreciamos ni nos hace perder el sueño la penosa y trascendente verdad de que fruto de la descomposición social, producto en gran medida de la desintegración familiar, se está invirtiendo cada vez más la esencial escala de valores en que debe asentarse toda sociedad como si fuese fina arena que, sin darnos cuenta apenas, se nos escurre entre los dedos.

Bien, por tanto, la Pastoral de los Obipos por recordarnos y enfrentarnos a esta realidad que nos impone la urgencia de reaccionar a tiempo, antes que la nación fundada y soñada por Juan Pablo Duarte se nos vaya por el sumidero de nuestra indiferencia y pasividad..

lunes, 7 de enero de 2013

ES EL SISTEMA, NO LOS ALUMNOS


  Un noventa por ciento de los bachilleres que presentaron solicitud para estudiar carreras técnicas profesionales cortas en el Community College reprobaron las Matemáticas y un setenta por ciento la Lengua Española, según acaba de hacer público la Ministra de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, Ligia Amada Melo, reconocida educadora de toda la vida.

Se trata de las dos asignaturas básicas, los pilares en que se asienta el proceso de enseñanza. Y son resultados escandalosos, más que simplemente preocupantes. Reveladores una vez más del bajísimo nivel de preparación que arrancando de la Básica se prolonga hasta el Bachillerato y hace que a las puertas de las universidades lleguen aspirantes a profesionalizarse que no reúnen los más mínimos conocimientos.

Pero peor aún: ahí no termina la historia. Lo paradójico de estos resultados es que la mayoría de esos bachilleres reprobados, al ser sometidos a evaluación de sus capacidades intelectuales han demostrado poseer un nivel suficiente de asimilación, comprensión y racionalización para por el contrario, evidenciar que están en condiciones de ser alumnos aprovechados.

La conclusión obvia que nos ofrece la doctora Melo es que la falla en realidad no está en esos alumnos de con un arsenal deficiente de conocimientos elementales pese a disponer de un potencial suficiente de aprendizaje sino en el sistema de enseñanza que recibieron en las aulas.

Es la misma conclusión que hace pública el rector del Instituto Comunitario Técnico Superior (que es el nombre oficial del llamado Community College), Víctor Hugo Deláncer al afirmar que quienes fracasaron en realidad en la prueba de ingreso de esos alumnos al reprobar las Matemáticas y la Lengua Española no fueron ellos sino los profesores que les impartieron clases porque fueron incapaces de enseñarles lo que, sin embargo, estaban en capacidad de aprender. Su paso por las aulas fue un trayecto inútil y un tiempo baldío.

Son opiniones coincidentes y rotundas de dos educadores de gran calificación y experiencia, con cargos de elevada responsabilidad en el sistema educativo nacional, conocedores a fondo y al dedillo de sus diversas debilidades pero sobre todo del bajísimo nivel de capacitación de una gran cantidad de maestros, inclusive titulados. Estos, a su vez, no son culpables de ello sino fruto de esas mismas debilidades del sistema. Enseñan o mal enseñan, lo mismo que les enseñaron a ellos.

Por años, desde mucho antes que se iniciara la exitosa campaña popular reclamando el cumplimiento de la ley que establece dedicar a la educación el cuatro por ciento del Producto Interno Bruto, hemos estado señalando que el principal y más importante eslabón en la cadena educativa lo forman los profesores. Malos maestros no pueden dar buenos alumnos. Era tan evidente que saltaba a la vista. Lo sigue siendo. Y es que la profesión del educador se ha desnaturalizado hasta tal punto que ha conducido a su "cualquerización" apelando a un término muy dominicano y popular.

Con la culminación de la campaña del cuatro por ciento con el compromiso primero de los candidatos a la Presidencia de poner la ley en ejecución y el cumplimiento de esa promesa por el Presidente Danilo Medina al consignarlo en el Presupuesto del presente año, esa realidad cobra mayor vigencia y urgencia.

Bien que se acometa un programa intensivo de construcción de aulas para que ningún niño dominicano quede al margen de la docencia. Bien igualmente, que sean dotadas del equipamiento necesario como elementos de apoyo a los profesores y de mayor facilidad de comprensión para los alumnos. También el propósito de construir una butaca dominicana escolar que reúna los requisitos por un sistema docente moderno y funcional.

Pero entiéndase bien que lograr una educación de calidad, de real y auténtica calidad será siempre labor del profesor. Y si no logramos elevar los estándares de conocimientos y capacidad de transmitirlos de nuestro magisterio, con maestros bien capacitados y bien retribuidos, esos mucho mayores recursos destinados a la educación corren el riesgo de resultar tan desperdiciados y sin retorno como el oneroso e insostenible subsidio eléctrico y sus resultados tan pobres como arar en el mar. Y los primeros que debieran reconocerlo son quienes están al frente de la ADP, que por cierto militan precisamente en el partido de gobierno, por el bien del país y de la propia clase que representan.