Oportuna, emotiva y necesaria la Carta Pastoral del Episcopado Dominicano resaltando la importancia de la familia y el respeto a la mujer. Ambos, son ahora mismo valores degradados cuya majestad es preciso rescatar.
Alrededor de la mitad de las parejas en el país corresponden a uniones consensuadas. No están unidos por el vínculo matrimonial, ni religioso ni tan siquiera civil. Se trata de algo más que un mero trámite religioso o legal. El matrimonio es la consagración de la relación de la pareja, el sello de confianza en el amor que los ha llevado a compartir su existencia. Es además, el marco ideal de realización del hombre y la mujer que unen sus vidas.
Ya el Papa Juan Pablo II destacó este hecho trascendental al postular que “el hombre por encima de toda actividad encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí más que en todo otro campo de la vida, se juega el destino del hombre”. Es un postulado igualmente válido para la mujer.
En el marco del matrimonio civil, reviste además una significación adicional de suma importancia en el plano legal, que evita posibles inconveniencias posteriores que se presentan cuando la relación es solo de mutua voluntad. Pero la familia es mucho más que eso. Desde el punto de vista institucional, constituye la piedra angular sobre la que se levanta el edificio social y le otorga estabilidad y solidez.
En cuanto a la mujer, la Pastoral nos recuerda que son “nuestras esposas, hijas, hermanas, madres, tías, primas, abuelas” y no les regatea elogios al agregar que “son trabajadoras, luchadoras, emprendedoras y comprometidas con los valores”, al tiempo de reclamar para ellas el respeto y consideración que merecen.
Si bien es cierto que la mujer dominicana ha dado un enorme salto en el reconocimiento de sus derechos y capacidades en las dos últimas décadas, todavía quedan enquistados en el cuerpo social bolsones de absurdo e irracional machismo que van desde considerar la mujer un simple objeto de placer y servidumbre, sometida a todo género de abusos, hasta apropiarse de su vida apelando al criminal recurso del feminicidio.
Las cifras estadísticas nos revelan con toda su crudeza el mucho trecho que todavía resta por andar para que la mujer reciba el respeto y el trato considerado que merece al tiempo de denotar el alto grado de irresponsabilidad de que todavía es víctima y el el trabajo a desarrollar que la institución familiar en crisis sea rescatada con la urgencia que requiere.
Dos millones de madres solteras en un país de menos de diez millones de habitantes nos dan una idea contundente de esa realidad. Medio millón, por otro lado, que son el único sostén del hogar revelan el grado de irresponsabilidad paternal y familiar de que son objeto. Una cantidad de feminicidios que figura entre las más elevadas de la región, el continente y el mundo, evidencia también hasta qué extremo criminal es llevada la exigencia de relación y dependencia de sus matadores. Y asimismo, un número cada vez mayor de jóvenes y adolescentes lanzados por el precipicio de la criminalidad cada vez también a edad más temprana, casi todos provenientes de hogares infuncionales o inexistentes.
Absorbidos por temas de la habitualidad que focalizan la atención mediática y el interés de la mayoría ciudadana, desde el aumento de los impuestos, los apagones, el costo de la vida hasta la interminable y cansona pugna interna del PRD, la rechazada petición de libertad condicional de Sobeida Félix, la amante del capo Figueroa Agosto o la querella contra Vakeró interpuesta por Marta Hidalgo dejamos de lado estas realidades.
No apreciamos ni nos hace perder el sueño la penosa y trascendente verdad de que fruto de la descomposición social, producto en gran medida de la desintegración familiar, se está invirtiendo cada vez más la esencial escala de valores en que debe asentarse toda sociedad como si fuese fina arena que, sin darnos cuenta apenas, se nos escurre entre los dedos.
Bien, por tanto, la Pastoral de los Obipos por recordarnos y enfrentarnos a esta realidad que nos impone la urgencia de reaccionar a tiempo, antes que la nación fundada y soñada por Juan Pablo Duarte se nos vaya por el sumidero de nuestra indiferencia y pasividad..