De "trago amargo" ha calificado el Presidente Danilo Medina la propuesta de Reforma Fiscal presentada al país y sometida a discusión de los distintos sectores de la sociedad a la búsqueda de consenso, con una dramática apelación al sacrificio colectivo para impulsar el desarrollo.
Lo es en verdad. Como lo es también descubrir que el déficit fiscal es muy superior a todos los estimados que se habían hecho, por cuanto monta a 188 mil millones de pesos, nada menos que un ocho por ciento del Producto Interno Bruto, faltante que se espera cubrir en los próximos tres a cuatro años con los nuevos impuestos y el aumento de otros ya existentes que contiene el proyecto, con el cual se procura elevar la presión fiscal del 13 al 15 por ciento. Se trata de una cifra tradicioanlmente manejada por el gobierno y que objeta el empresariado sosteniendo que en realidad es de un 18.
Por más vueltas que se le diera, se sabía y esperaba que la propuesta oficial no sería fácil de asimilar. Pero en realidad, ha sido superior a todo lo estimado. Pero con independencia del hecho de que de una u otra forma, el gobierno está urgido de aumentar sus recaudaciones, entendemos, sin embargo, que la misma adolece de varios fallos.
El primero de ellos es que parece haber respondido a un criterio estrictamente técnico, con independencia de valoraciones políticas y sociales. Semeja más bien una fría propuesta elaborada por los tecnócratas del Fondo Monetario Internacional.
Resulta además muy detallista. Y aplica gravámenes a toda una serie de productos de consumo popular, de difícil control y tan bajo rendimiento que no parece tener verdadero impacto recaudatorio y sí en cambio dar sensación de agobio fiscal a la población.
No parece tomar en cuenta los posibles efectos negativos sobre sectores importantes al tiempo que altamente sensibles. Tales: las zonas francas, el turismo y misma la naciente industria de cine a la que se le elimina el incentivo fiscal, lo que frenará su desarrollo y hará derivar las producciones cinematográficas internacionales hacia otros mercados donde se les otorga ese estímulo. Los perjuicios en posible fuga de empresas extranjeras establecidas en los parques industriales, en nuevas inversiones, exportaciones, generación de divisas y creación de empleos pudieran resultar muy superiores a los esperados beneficios tributarios.
No viene precedido, además, de un elemento que pudiera ser su principal punto de apoyo: un plan concreto del gobierno de reducción del gasto público, incluyendo salarios y pensiones de lujo, sobrenómina estatal y otros de los que hasta ahora se han recibido contadas y tímidas demostraciones.
De ex profeso, dejamos para el final los reclamos para que el Presidente Danilo Medina derive la responsabilidad de la crisis fiscal a los ocho años de gestión de Leonel Fernández. En un plano realista se trata de un planteamiento que resulta ingenuo desde el punto de vista político, en otros de franco matiz oposicionista de quienes pretenden que el actual mandatario coloque en la picota pública a su predecesor. De hacerlo estaría Medina poniendo en grave riesgo la estabilidad de su base política, sin la cual le resultaría imposible el ejercicio de la gobernabilidad. Su diferencia tendrá que marcarla de aquí en lo adelante, con el accionar transparente de su propio equipo pero no mirando hacia atrás. Demandarle lo contrario, sería tanto como pedirle que se suicide.
Volviendo a la propuesta fiscal, es de esperar que haya sido concebida no en términos definitivos aprovechando su mayoría congresual aplicada de modo mecánico, sino como una ficha de negociación sobre todo con los sectores que pudieran ser más afectados y que por extensión, afecten al propio gobierno, lo que pudiera ocurrir de intentar aplicar a todo trance un remedio que pudiera resultar peor que la enfermedad.
El trago amargo de la Reforma necesita en verdad una gota de miel. A fin de cuentas, quienes deben beberlo lo hacen con la convicción de que están pagando culpas y pecados ajenos.
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