Primero fue en la Autopista de las Américas donde bandas de malhechores se cansaron de atracar a viajeros de entrada al país, dominicanos y extranjeros. En unos casos, los malhechores despojaban a sus víctimas de sus equipajes y pertenencias en algún tramo del trayecto desde el aeropuerto a la capital. En otros, su audacia los llevó al extremo de seguirlas hasta su destino y hacerlo en las mismas puertas de sus hogares.
Denunciada de manera reiterada a través de los medios de comunicación, la situación llegó al punto de obligar a las autoridades norteamericanas a llamar la atención de sus nacionales sobre el riesgo de ser asaltados en esa vía, en caso de viajar al país. Luego, una advertencia similar fue hecha por el gobierno de Holanda a sus ciudadanos. Fue a partir de entonces que se dispuso de mayor vigilancia para poner freno a la ola delictiva. No extrañó la evidencia de complicidad de algunas autoridades de servicio en Las Américas, tanto civiles como militares y policiales.
Pero también la frecuencia de asaltos en la Autopista Duarte motivó otra vez al gobierno estadounidense a una nueva alerta a sus ciudadanos, en esta ocasión referida a esa importante arteria que enlaza la capital con Santiago y otras ciudades del Cibao. Bastó la misma para que otra vez las autoridades dieran instrucciones de intensificar el patrullaje policial en la misma.
No son los únicos casos de inseguridad vial. Casi de inmediato, ejecutivos de empresas dominicanos y extranjeros han denunciado actos de vandalismo, que crean una situación de incertidumbre y temor en el tramo de carretera Maimón-Cotuí, donde la vigilancia policial es casi inexistente. En la zona turística de Bávaro no han sido infrecuentes los atracos con extrema violencia y pérdida de vidas, de que han sido víctimas tanto criollos como turistas de distintas nacionalidades. En otras vías de comunicación del país se reportan situaciones parecidas llevadas a cabo con la mayor impunidad.
Estos hechos criminales han venido ocurriendo desde hace tiempo sin que se les prestara la debida atención y no deja de resultar lamentable que haya tenido que ser a consecuencia de la queja del gobierno norteamericano que las autoridades hayan decidido ponerse las pilas para hacerles frente. Esto así, motivado sobre todo por el hecho de ser los Estados Unidos nuestro principal socio comercial y el más importante y lucrativo mercado turístico con que contamos.
Quizás si la mitad o más de los miembros de la Policía no estuvieran realizando funciones ajenas a la institución, sobraría personal para disponer de un buen servicio de patrullaje de caminos que además de proteger a la población de estos actos de vandalismo realizados con tanta frecuencia e impunidad, nos libraría de la vergüenza de ser colocados en la picota internacional como un país inseguro.
Como recurso de consolación queda pensar que más vale tarde que nunca, siempre y cuando el incremento compulsivo dispuesto ahora en las medidas de vigilancia y protección sean de carácter permanente y no simplemente temporal hasta que baje la fiebre, como ha ocurrido en tantas otras oportunidades y situaciones.
Denunciada de manera reiterada a través de los medios de comunicación, la situación llegó al punto de obligar a las autoridades norteamericanas a llamar la atención de sus nacionales sobre el riesgo de ser asaltados en esa vía, en caso de viajar al país. Luego, una advertencia similar fue hecha por el gobierno de Holanda a sus ciudadanos. Fue a partir de entonces que se dispuso de mayor vigilancia para poner freno a la ola delictiva. No extrañó la evidencia de complicidad de algunas autoridades de servicio en Las Américas, tanto civiles como militares y policiales.
Pero también la frecuencia de asaltos en la Autopista Duarte motivó otra vez al gobierno estadounidense a una nueva alerta a sus ciudadanos, en esta ocasión referida a esa importante arteria que enlaza la capital con Santiago y otras ciudades del Cibao. Bastó la misma para que otra vez las autoridades dieran instrucciones de intensificar el patrullaje policial en la misma.
No son los únicos casos de inseguridad vial. Casi de inmediato, ejecutivos de empresas dominicanos y extranjeros han denunciado actos de vandalismo, que crean una situación de incertidumbre y temor en el tramo de carretera Maimón-Cotuí, donde la vigilancia policial es casi inexistente. En la zona turística de Bávaro no han sido infrecuentes los atracos con extrema violencia y pérdida de vidas, de que han sido víctimas tanto criollos como turistas de distintas nacionalidades. En otras vías de comunicación del país se reportan situaciones parecidas llevadas a cabo con la mayor impunidad.
Estos hechos criminales han venido ocurriendo desde hace tiempo sin que se les prestara la debida atención y no deja de resultar lamentable que haya tenido que ser a consecuencia de la queja del gobierno norteamericano que las autoridades hayan decidido ponerse las pilas para hacerles frente. Esto así, motivado sobre todo por el hecho de ser los Estados Unidos nuestro principal socio comercial y el más importante y lucrativo mercado turístico con que contamos.
Quizás si la mitad o más de los miembros de la Policía no estuvieran realizando funciones ajenas a la institución, sobraría personal para disponer de un buen servicio de patrullaje de caminos que además de proteger a la población de estos actos de vandalismo realizados con tanta frecuencia e impunidad, nos libraría de la vergüenza de ser colocados en la picota internacional como un país inseguro.
Como recurso de consolación queda pensar que más vale tarde que nunca, siempre y cuando el incremento compulsivo dispuesto ahora en las medidas de vigilancia y protección sean de carácter permanente y no simplemente temporal hasta que baje la fiebre, como ha ocurrido en tantas otras oportunidades y situaciones.
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