Titular de portada del matutino El Caribe: Homicidios entre parientes alarman: van 42 desde el 2011. Parricidios. Hijos han matado a padres, hermanos a otros, padres a hijos, nietos a abuelos. El padre Luis Rosario dice: "Si falla la familia, falla todo el Estado".
Es una verdad de a puño. Penosa, lamentable verdad que se está registrando en el seno de nuestra sociedad.
Cuando la cantidad de feminicidios crece de día en día y este año amenaza alcanzar una cifra muy superior a los precedentes.
Cuando se incrementa también la cantidad de menores, varones y hembras, sumidos en la prostitución, muchas veces inducidos por sus propios progenitores.
Cuando menores de edad, apenas catorce, quince años apelan al suicidio por falta de comprensión o exceso de maltratos.
Cuando adolescentes asisten a escuelas y liceos llevando en sus mochilas, no libros ni materiales de estudio sino puñales, punzones y cuchillos para agredir a otros estudiantes.
Cuando madres involucran a sus hijas adolescentes en la venta de drogas.
Cuando bandas juveniles en los barrios son las que controlan el negocio de la distribución.
Cuando padres utilizan a sus hijos de corta edad, apenas cinco o seis años, como deliveries para entrega de estupefacientes a domicilio.
Cuando es cada vez mayor el número de niños, cada vez de más corta edad, que son recibidos en Hogar Crea por su adicción.
Cuando adolescentes se convierten en asesinos en serie y declaran con el mayor cinismo que volverán a hacer lo mismo al cabo de una corta pena en un centro correccional para menores, que los devolverá a las calles sin haber corregido nada.
Cuando la gran mayoría de los hechos delictivos con violencias, a veces con auténtico sadismo, son cometidos por jóvenes de menos veinticinco años.
Cuando el 58 por ciento de parturientas en el país son menores de dieciocho años, algunas de apenas once y doce.
Cuando hay más de un millón y medio de madres solteras en el país.
Cuando todo esto y mucho más que desborda el tiempo y espacio de este comentario está sucediendo a diario, sin aparente solución de continuidad pese al dedicado trabajo que llevan a cabo el propio sacerdote Rosario como encargado de la Pastoral Juvenil de la Iglesia Católica, muchos otros sacerdotes y ministros de otras religiones, entidades sociales y patronatos integrados por hombres y mujeres de corazón generoso, tenemos que llegar a la tristísima, dolorosa y frustrante conclusión de que esa institución que es la familia, célula básica de toda sociedad, se encuentra atravesando por una profunda crisis.
Dentro del pródigo legado a la grey católica y la humanidad en general, que dejó el inolvidable Papa Juan Pablo II, figura esta sabia y contundente sentencia: "El hombre por encima de toda actividad, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí más que en todo otro campo de su vida, se juega el destino del hombre".
En nuestro caso lo que está en juego es el rescate de la familia dominicana. Y con ella el destino de la sociedad, el Estado y la nación. Una tarea que no admite dilación.
Es una verdad de a puño. Penosa, lamentable verdad que se está registrando en el seno de nuestra sociedad.
Cuando la cantidad de feminicidios crece de día en día y este año amenaza alcanzar una cifra muy superior a los precedentes.
Cuando se incrementa también la cantidad de menores, varones y hembras, sumidos en la prostitución, muchas veces inducidos por sus propios progenitores.
Cuando menores de edad, apenas catorce, quince años apelan al suicidio por falta de comprensión o exceso de maltratos.
Cuando adolescentes asisten a escuelas y liceos llevando en sus mochilas, no libros ni materiales de estudio sino puñales, punzones y cuchillos para agredir a otros estudiantes.
Cuando madres involucran a sus hijas adolescentes en la venta de drogas.
Cuando bandas juveniles en los barrios son las que controlan el negocio de la distribución.
Cuando padres utilizan a sus hijos de corta edad, apenas cinco o seis años, como deliveries para entrega de estupefacientes a domicilio.
Cuando es cada vez mayor el número de niños, cada vez de más corta edad, que son recibidos en Hogar Crea por su adicción.
Cuando adolescentes se convierten en asesinos en serie y declaran con el mayor cinismo que volverán a hacer lo mismo al cabo de una corta pena en un centro correccional para menores, que los devolverá a las calles sin haber corregido nada.
Cuando la gran mayoría de los hechos delictivos con violencias, a veces con auténtico sadismo, son cometidos por jóvenes de menos veinticinco años.
Cuando el 58 por ciento de parturientas en el país son menores de dieciocho años, algunas de apenas once y doce.
Cuando hay más de un millón y medio de madres solteras en el país.
Cuando todo esto y mucho más que desborda el tiempo y espacio de este comentario está sucediendo a diario, sin aparente solución de continuidad pese al dedicado trabajo que llevan a cabo el propio sacerdote Rosario como encargado de la Pastoral Juvenil de la Iglesia Católica, muchos otros sacerdotes y ministros de otras religiones, entidades sociales y patronatos integrados por hombres y mujeres de corazón generoso, tenemos que llegar a la tristísima, dolorosa y frustrante conclusión de que esa institución que es la familia, célula básica de toda sociedad, se encuentra atravesando por una profunda crisis.
Dentro del pródigo legado a la grey católica y la humanidad en general, que dejó el inolvidable Papa Juan Pablo II, figura esta sabia y contundente sentencia: "El hombre por encima de toda actividad, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí más que en todo otro campo de su vida, se juega el destino del hombre".
En nuestro caso lo que está en juego es el rescate de la familia dominicana. Y con ella el destino de la sociedad, el Estado y la nación. Una tarea que no admite dilación.
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