lunes, 22 de marzo de 2010

PALABRAS DE MARIO RIVADULLA DURANTE EL HOMENAJE QUE LE FUE RENDIDO POR AMIGOS CUBANOS Y DOMINICANOS.

HOTEL DOMINICAN FIESTA.

19 DE MARZO DE 2010.

Queridos amigas y amigos:

Gracias a todos por su compañía.

Hace algunos años me tocó asistir a un acto donde se anunciaría el personaje del año del sector que lo convocaba. Cuando éste se dio a conocer el seleccionado se acercó al podio, exhibió su mejor rostro de sorpresa y dijo con voz entrecortada que se hallaba muy emocionado porque nunca pensó que sería la persona escogida esa noche. A continuación, extrajo del bolsillo interior de su saco un voluminoso legajo de cuartillas y con la mayor tranquilidad de conciencia nos endilgó un interminable discurso agradeciendo la distinción que según había expresado anteriormente, lo había tomado totalmente desprevenido.

No es mi caso. Yo sabía desde hace días de este acto y no me voy a hacer el ignorante ante ustedes, pero sí confesarles que aún descartada toda sorpresa, estar aquí me origina emocionada gratitud y me sigue haciendo sentir que estoy disfrutando de un honor inmerecido, solo dictado por el afecto, al cual no debo corresponder agobiándoles con una larga perorata.

De entrada mi agradecimiento a los amigos que lo han convocado. A Adriano Miguel Tejada, en quien percibí tantos tempranos valores al igual que en José Rafael Lantigua cuando para mi suerte, fui a conocerlos a Moca hace ya casi cuatro décadas; Miguel Guerrero, que es la suma de muchos talentos; José Israel Cuello, de tanta agudeza analítica y tan definido con la causa de Cuba; los talentosos Eduardo Valcárcel y Fernando Ferrán con quienes me honra colaborar; Antonio Emilio Ornes heredero de una sólida tradición periodística que él ha sabido enriquecer con sus propios méritos; Ramón Valdés, que ha dado nueva vida a la Asociación de Cubanos; Raúl Varela quien le dio sostén cuando la presidió; mi querido Pedro Ramón López, de quien sospecho es eje de toda esta especie de conspiración de cariño y sus cómplices Ramón y María Elena; Juan Francés digno representante de nuestra querida Solidaridad de Trabajadores Cubanos; Camilo Venegas, Iván Carrión, Luis Ruisánchez quienes con su capacidad y persistente preocupación por Cuba son fuente de inspiración para todos y aquel que he dejado de último con derecho a ser primero, mi compadre Cecilio Vázquez, hermanado en todas las circunstancias.

Gracias por su presencia a mi antiguo compañero de celda, el padre Bazán y al incansable Padre Carles con el refuerzo ahora del Padre Pedroso, quienes tienen la difícil misión de pavimentarme el camino al cielo para lo cual por cierto debo advertirles que van a necesitar una gran provisión de paciencia y asfalto, y mis querido médico Julio de Peña y Ricardo Roque y en ellos a todo el valioso equipo de galenos dominicanos y cubanos que me honran con su amistad y cuyas dedicadas atenciones profesionales son responsables en buena medida, de que haya llegado en pie a los umbrales de mi octava década de vida.

Ha pasado más de medio siglo. Es todo un reto a la paciencia, la fe y la perseverancia. Pero alienta comprobar que sin concesiones a la fatiga y al desaliento,hay quienes mantienen viva la causa de Cuba allá y aquí. Hoy la hemos vuelto a recrear con la habitual brillantez que le concede abogar por causa justa, a través de mi querido Carlos Alberto Montaner, víctima de campañas calumniosas que siempre han encontrado el escollo insalvable de su indeclinable coraje.

Vive en el sacrificio de Orlando Zapata, que completó con varonil decoro su calvario y martirologio. Masiva ha sido la reacción de repudio a una muerte que por evitable, carga como crimen en la cuenta de sus carceleros. Pero si tuviera que escoger una frase de condena, entre tantas que se han expresado, me quedaria con una que no procede del exilio ni de la disidencia ni de las distinguidos intelectuales y artistas de renombre que han sumado sus voces de repudio, sino de quien durante tantos años fue en el campo del arte, una de las figuras más representativas del régimen: el cantautor Pablo Milanés, que a preguntas de un periodista que le inquirió su opinión sobre el hecho respondíó con una frase lapidaria “las ideas se discuten, no se encarcelan”. Y yo agregaría, y tampoco se asesinan.

Vive en el psicólogo y periodista independiente, Guillermo Fariñas, ex combatiente de Angola a las órdenes del fusilado Arnaldo Ochoa, en su huelga de hambre reclamando la liberación de los prisioneros políticos enfermos, su número 25 en los últimos 15 años, de los cuales 11 en prisión.

Vive en los más de doscientos prisioneros de conciencia condenados por el solo derecho a disentir que en Cuba es delito, en juicios arbitrarios que constituyen una afrenta al más elemental sentido de la justicia.

Vive en la diaria agonía de la disidencia sometida al continuo acoso de los esbirros civiles y uniformados del régimen.

Vive en las valerosas Damas de Blanco, vejadas, brutalmente atropelladas física y moralmente, en escenas que han dado la vuelta al mundo y que constituyen el testimonio más contundente y convincente de la naturaleza represiva de la más antigua dictadura sucesoral que registra la historia de América.

Vive en los cubanos de aquí y toda la diáspora que mantienen encendida en sus corazones la llama del patriotismo.

Vive aquí, entre nosotros, en el recuerdo de los que ya no están. De Samuel y Alicia Lesnik, que me brindaron mi primer hogar en el país con el agregado del más generoso afecto; de Orestes Martínez, su hermano Pedro y Mima; del fraterno Armando Lemus; de Aurelio Linares; Barlettica; Ildefonso; García Serra, responsable en gran medida de que Martí tenga su estatua en tierra dominicana; de Teobaldo Rosell, que sin conocerme me gestionó la entrada al país a solicitud de un amigo común; de Sánchez Mena; del incansable Danilo García y de tantos otros que se nos fueron en este medio siglo de ausencia, sin ver cumplido su sueño de retorno.

Si alguien me preguntase hoy cómo y cuándo finalizará esta lucha, debo que confesarles que no tengo la respuesta que seguramente quisieran oir y que yo mismo anhelaría. Pero sí estoy convencido de que la represión de un régimen no es muestra de fortaleza sino de debilidad y que tarde o temprano, de una forma u otra, como mandato inexorable del devenir histórico, por encima de la tragedia infinita de hoy, sobre el dolor y horror acumulados durante estas cinco largas décadas, se levantarán los cimientos de una nueva Cuba que sirva como ejemplo de democracia integral y funcional, justa y progresista, que pudo y debió haber comenzado a ser ese primero de enero de 1959, si la más desmedida y enfermiza ambición de protagonismo y poder personal no hubiesen pesado más que el destino y el derecho a la felicidad de un pueblo.

Hay que seguir hablando de Cuba. Machacando su causa, una y otra vez, sin desmayos, sin preguntarnos cuándo ni cómo, con la sola retribución del deber cumplido, hasta que oídos hoy sordos escuchen sus lamentos y reclamos y ojos aún ciegos perciban la magnitud de su tragedia y comprendan además que en Cuba no se está jugando solo la suerte de los cubanos, sino que están en juego preciados valores de alcance universal como es el pleno ejercicio de derechos civiles que son consustanciales a la dignidad de todo ser humano y que en esta América actual, nuestra América, está mostrando cada vez más preocupantes signos de deterioro y eventual desaparición.

Y de mi ésta, mi otra patria ¿qué puedo decir? Fue amor a primera vista. El flechazo resultó instantáneo. Cierto que ya habíamos tenido tempranos escarceos sentimentales en Cuba, donde la causa antitrujillista era asumida como propia y pudimos trabar contacto con el numeroso exilio dominicano que allá encontró amplia acogida a sus esfuerzos libertarios. Pedro Mir, Velázquez Mainardi, Miolán y otros anudaron lazos de primerizo afecto que luego de involuntaria interrupción fueron retomados aquí, cuando por las mismas razones debimos realizar a la inversa el camino que ellos habían emprendido anteriormente.

Llegado por azar, me fascinó el reto de un pueblo en proceso de curarse del síndrome trujillista, de superar los miedos y arrancarse las mordazas de treinta años de degradante opresión y de las heridas aún sangrantes de una revolución costosa en vidas, para reemprender la larga y casi siempre traumática andadura de transición de un régimen unipersonal y absolutista, avaricioso y cruel a una sociedad abierta y plural. Todo un reto de acción para quien durante una década había visto encadenados su energía y su ideal de ser útil a la colectividad. Un país parecido a Cuba, hermanado con Cuba por historia y geografía, por idioma y costumbres, por lazos de afecto y solidaridad, por el regalo inapreciable de un Máximo Gómez, de incansable admiración, que comparte con el pensamiento luminoso de José Martí la gloria señera de haber hecho fructificar la semilla de nacionalidad que antes había plantado el presbítero Félix Varela.

Y claro el camino escogido, no podía ser otro que el del periodismo cuando se lleva en la sangre y se respira por todos los poros. Joaquín Custals, pionero de la radio que me confió los espacios noticiosos de La Voz del Trópico y Elizardo Dickson que lo hizo al mismo tiempo con Radio Cristal; Rafael Molina Morillo que de columnista de El Nacional pasó a designarme editorialista del periódico y de la revista Ahora; Germán Ornes, quien por dieciocho años me mantuvo como columnista de El Caribe y coeditorialista en sus ausencias y hasta el final de su vida me dio constantes muestras de confianza y amistad y posteriormente su hijo Antonio Emilio; mis compañeros de televisión en diferentes épocas Haydée Kuret, Ramón Puello Báez, el propio José Rafael Lantigua, Adriano Miguel Tejada, José Rafael Vargas y Orión Mejía hasta que en el caso de estos tres últimos resulté víctima de sucesivos y todavía impunes hurtos presidenciales. A mis actuales compañeros Alex, Freddy, Ramón, Dilenia y Audelisa. Un lugar especial para Joaquin Ascención que empezó conmigo su carrera periodística y me ha acompañado y soportado estoicamente hasta el dia de hoy. Son todos nombres vinculados a mi trayectoria periodística en el país.

Aquí tuve la suerte de hallar patria adoptiva y el hogar soñado con mi esposa Dulce modelo de amor firme como roca, soporte en las horas difíciles, y tres maravillosos hijos que se suman a mis dos también maravillosas hijas cubanas. He podido desarrollar mis actividades con entera libertad y en forma fructífera. El nombre de Frank Marino Hernández, ido a destiempo cuando todavía le quedaba mucho talento por aportar al país y los apellidos Viyella, Vicini, Bonetti y León están uncidos a mi existencia con lazos por mi parte indisolubles de leal amistad, al brindarme su sostenida confianza y demostraciones de afecto que trascienden con creces los simples límites de nuestra relación profesional. A ellos mi reconocimiento y gratitud.

A través de mi profesión, como periodista y como consultor, he tratado de servir a la sociedad a la que pertenezco en cuerpo y alma, en la mayor medida de mis modestas capacidades. Es tanto y a tantos lo que debo que sé que jamás alcanzaré a retribuir lo mucho que he recibido. Pero espero al menos que cuando llegue la hora de la partida definitiva, pueda hacerlo con la tranquila convicción de que no escatimé ni un solo instante ni un solo esfuerzo por reducir esa impagable deuda.

Creo que ya he dicho bastante. Espero no haberlos fatigado en demasía con este apresurado memorial de gratitudes. Sé que son muchos más los que debieran aparecer en estas breves cuartillas. Pero hacerlo sería impropio de la ocasión. Más sepan todos que les guardo un lugar permanente en mi memoria y en mi corazón.

Las palabras sobran. El tiempo apremia y la vida se va acortando. Hay mucha tarea por hacer por mis dos patrias: Cuba y República Dominicana. Ambas me duelen, a ambas las amo por igual y para ambas sueño el momento en que lleguen a ser faros relucientes de democracia, libertad, justicia y bienestar y donde como postuló José Martí, venerado allá y aquí, el respeto a la dignidad plena del ser humano sea su ley primera y fundamental.

De nuevo muchas gracias por su generosa presencia.

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